jueves, 20 de febrero de 2014

Álbum interno

Por  Fernando Lancellotti 


No me resultó extraño que el paraguas no apareciera, para mí era natural ir por la vida perdiendo paraguas, tan natural como que parara de llover y saliera el sol. Sonia no usaba paraguas, pero sí un piloto. Nunca supe qué era más importante: evitar mojarse o correr.

Soy fotógrafo desde que descubrí un fantasma en una foto vieja. Era una nena soplando las velitas el día de su cumpleaños, la rodeaban los padres, familiares y más chicos. Atrás, sobre la pared, detecté la sombra de una silueta cuya figura no coincidía con ninguno.  En ese momento supe que veo donde los otros no ven.  La relación de Sonia con su piloto es como la mía con la cámara. Somos inseparables.
                    Hace un mes nos encontramos de casualidad a la salida de la estación Carranza. Nos sorprendimos –como si viviéramos en países distintos– y encima los dos ¡íbamos al dos mil trecientos de la misma calle! Yo, a hacer unas tomas en una agencia de publicidad, ella  a una guardia en un departamento.
                    Conocí a Sonia en una casa de fotografía, revelaba negativos. Cuando se digitalizó todo remplazo aquel oficio por un trabajo: empleada en una inmobiliaria. Ahora su función era esperar adentro de los departamentos, por lo general vacíos. Para ella hacer guardia significaba “esperar”; que llegue algún interesado para alquilar o comprar, que llegue la hora de cerrar la puerta para irse, que llegue el primero de mes para cobrar.
Eran cerca de las dos de la tarde y desde la mañana que caía una llovizna molesta, al principio caminamos unas cuadras como si no existiera pero después se largó un chaparrón y como mi paraguas se había trabado, corrimos esquivando las enormes gotas entre los pedacitos de techo que sobresalían  de los edificios ­–nunca antes había visto a Sonia correr–. El agua brotaba de las alcantarillas y  comenzaba a bañar las veredas de Palermo.  Nos metimos en el bar de la esquina. Pidió un café bien cargado y yo un agua sin gas. Sus labios se oscurecieron con el café, lo saboreaba como si fuese el último. Me contó que muchas veces no hay visitas y  el tiempo no pasa nunca. Me ofrecí a hacerle la gamba cuando terminara de hacer las fotos. Le dije que lo mío era breve; un par de disparos y listo, después estaría libre.
–¿En serio? ¡Gracias Tony! –hacía tiempo que nadie me llamaba así–, con ésta lluvia no va  a venir nadie.
–Si, te mando un mensaje cuando termino y me esperas con unos mates    –teníamos la confianza suficiente para compartir una tarde, las paredes vacías de un departamento, una bombilla.
–Dale.
                     Sus ojos se cerraban y supuse que quizás por eso saboreaba el café, el tedio es una anestesia que conozco. Cuando tengo que esperar mucho en una estación o en un aeropuerto me compro todos los diarios así no me aburro. Me leo hasta los obituarios. Un silencio interrumpió la charla. Se puso seria para revelarme algo:
–¿Te enteraste del caso Ingrid?
–¿Qué?
–Ingrid, la lectora muerta, trabajaba en la inmobiliaria.
–¿La lectora muerta?
–Sí, la chica que hizo la guardia el mes pasado. Ingrid era una lectora compulsiva y durante las guardias no paraba de leer, pero parece que ese día no había llevado nada. No descartan ninguna hipótesis, tampoco la de la abstinencia.  
La lluvia fue disminuyendo gradualmente –como si alguien la manejase con una canilla–, hasta que se instaló una garúa, pagamos la cuenta y encaramos la cuadra y media que faltaba hasta la agencia. Por un momento me arrepentí de acompañarla. Antes de entrar me señaló el edificio.
–Es el veintiuno jota, te espero –pensé que en realidad quería otra cosa. Me intrigaba más el caso de la lectora que hacerle el aguante a Sonia, un temor se apoderó de mí.
–Sonia, no puedo creerlo, ¿cómo vamos a ir a…? ¿y la policía?
–No hay problema, ya se hicieron las pericias y al no haber ningún sospechoso, quedó como un suicidio. Mi trabajo es vender la propiedad, el tuyo cumplir las promesas.

La torre era un rectángulo con celdillas, parecía un encendedor. No conté los pisos pero tenía más de veinte y seguro todos los amenities –esos lujos que nunca se usan–. De un lado había una casa medio abandonada y del otro un almacén.  En el hall de entrada un tipo de seguridad me abrió la puerta y amablemente me preguntó: ¿vas al veintiuno jota? Asentí con la cabeza y atravesé el lobby. En el fondo vi un jardín con una cinta negra que prohibía el paso, supuse que era donde había caído la lectora. Subí en un ascensor tan moderno que parecía un quirófano, y un nene, que no me llegaba a la cintura, no paraba de mirarme. Iba con su padre. Se bajaron en el quince. Me vi en el espejo; un cuarentón con barba rala y cara de fastidio  ­–siempre cargo un bolso que pesa una tonelada donde llevo mis equipos–, contrastaba con el acero inoxidable de la cabina. A medida que ascendía imaginaba las fotos que podría sacar desde el balcón, me vino un escalofrío. Cuando llegó el ascensor, bajé decidido y caminé por un pasillo siguiendo la lógica del abecedario hasta el departamento “J”. La puerta estaba abierta y entré.
Muchas veces, la mejor foto es aquella que quizás no hemos querido sacar, pero una fuerza ajena nos hizo disparar. Algo sobrenatural interviene en ese momento. Lo expresivo de una imagen no solo guarda relación con los colores, el contraste, la luz, el gesto. Hay  algo que está antes, algo grabado en nuestro álbum interno y que todavía no vimos.
Apoyé mi bolso y me quedé parado en la recámara de la recepción. Parecía un departamento grande. Mis ojos recorrieron las paredes del living y el parquet hasta un distribuidor medio en penumbras, sin embargo pude distinguir que comenzaba un empapelado con un motivo juvenil. Me resultó llamativo que no hubiesen ventanas –una lamparita para todo ese ambiente–. Supuse que las ventanas y el balcón estarían en alguna de las habitaciones. Dije: “Hola, hola, ¿estás?” El eco de mi voz era el típico que se produce en los ambientes vacíos. Sonia me había dicho ¿Veintiuno jota? Di unos pasos hasta el pasillo que conectaba a otro ambiente. La puerta estaba cerrada, pero pude escuchar el sonido débil de una radio. Antes de golpear pensé en irme. Fui hasta la entrada, abrí el bolso, desenfundé la cámara, le puse el gran angular y me aposté frente a la puerta preparado para disparar. “Sonia, Sonia, negra  ¿sos vos?” –nunca pensé que le iba a decir “negra”–. Estiré mi brazo, giré el picaporte y en una acto abrí. Vi a un hombre robusto tirado en el piso  sobre una lona y un vaho a esmalte sintético penetró en mis fosas nasales.
–¡Mi piloto! ¡Mi piloto! –Sonia entró al departamento a las corridas –hola Tony, no sé dónde dejé el piloto.
–¿El señor?
–Es el pintor, no pienses mal, es de confianza –el cuerpo del hombre roncaba atravesado y me dificultaba entrar a la cocina, igual entré sin pisarlo y apagué la  radio portátil que estaba sobre la mesada.
–¿Habrá quedado en el bar? –tenía la cara pálida– igual paró de llover, lo vamos a encontrar. Sonia había acompañado abajo a una pareja que vino a ver el piso. Tenía un saquito de lana gris y una pollera pantalón. Le propuse buscar en los placares. Mientras revisábamos por todos lados le pregunté por el caso de la lectora muerta:
–Vos dijiste que se había tirado por el balcón.
–Si.
–Pero si no hay ventanas, son muy modernos, pero no hay ventanas.
–Es que las unidades de éste sector son exclusivas para foto-fóbicos y paranoicos. Por eso  lo que se destaca es la oscuridad. Las paredes valen oro –se río, no supe si me tomaba el pelo o me estaba diciendo la verdad–.
–Y entonces… ¿por dónde se tiró?
–Por la ventana de emergencia. Es ésa –Sonia señaló una de las paredes del living, igual a las otras, después presionó un botón y de apoco fue subiendo una cortina blackout que simulaba una pared. A medida que se elevaba, la luz nos enceguecía y el cielo despejado me hizo sentir que estábamos en una nave. Los cristales todavía estaban húmedos.
–Es increíble cómo avanza la tecnología –primero pensé que aquellos departamentos eran como el interior de una cámara fotográfica, después dudé de si en realidad, solo se trataba de un departamento cerrado con cortinas camufladas y nada más.
–Si Tony, pero Ingrid ya no está.
–Quizás fue un accidente, ¿que leía?
–De todo, la angustiaba el encierro y las horas que tenía que pasar acá.
Por un momento se olvidó del piloto. Desde el veintiuno, la ciudad se veía como una maqueta, en ese instante me dieron ganas de tirarme.
–¡Pero si esta vista es descomunal! Seguro que el que vivía aquí tenía un catalejo y miraba las estrellas.

  No me quise ir sin antes hacer unas tomas de la vista. A la izquierda se extendía la ciudad chata hasta perderse en el horizonte; más a la derecha, torres y atrás, el Rio de la Plata; parecía el mediterráneo. Alcé la cámara, hice los ajustes necesarios, y comencé a disparar. Después Sonia se puso para que la retrate con la ciudad atrás. Se acercó a la baranda, se soltó el pelo y sonrió.
A eso de las siete el sol ya había bajado y nos fuimos, antes Sonia y yo cerramos la “pared” y despertamos al pintor que siguió trabajando con luz artificial. Cuando salíamos del edificio, sobre el mostrador de la recepción, vi una mancha gris;
–Tu piloto.
–¡Siiiii! –gracias Tony, ¿que haría sin vos?¡sos un genio!
–Me debés un paraguas.

A la semana imprimí las fotos. La imagen de Sonia salió a contraluz, con la sonrisa oscurecida. Sobre su rostro cae un mechón de pelo que no parece ser de ella. Como si alguien se hubiese puesto adelante.



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