No me
resultó extraño que el paraguas no apareciera, para mí era natural ir por la
vida perdiendo paraguas, tan natural como que parara de llover y saliera el
sol. Sonia no usaba paraguas, pero sí un piloto. Nunca supe qué era más importante:
evitar mojarse o correr.
Soy
fotógrafo desde que descubrí un fantasma en una foto vieja. Era una nena
soplando las velitas el día de su cumpleaños, la rodeaban los padres,
familiares y más chicos. Atrás, sobre la pared, detecté la sombra de una
silueta cuya figura no coincidía con ninguno. En ese momento supe que veo donde los otros no
ven. La relación de Sonia con su piloto
es como la mía con la cámara. Somos inseparables.
Hace un mes nos encontramos
de casualidad a la salida de la estación Carranza. Nos sorprendimos –como si
viviéramos en países distintos– y encima los dos ¡íbamos al dos mil trecientos
de la misma calle! Yo, a hacer unas tomas en una agencia de publicidad,
ella a una guardia en un departamento.
Conocí a Sonia en una casa
de fotografía, revelaba negativos. Cuando se digitalizó todo remplazo aquel
oficio por un trabajo: empleada en una inmobiliaria. Ahora su función era
esperar adentro de los departamentos, por lo general vacíos. Para ella hacer
guardia significaba “esperar”; que llegue algún interesado para alquilar o
comprar, que llegue la hora de cerrar la puerta para irse, que llegue el
primero de mes para cobrar.
Eran cerca
de las dos de la tarde y desde la mañana que caía una llovizna molesta, al
principio caminamos unas cuadras como si no existiera pero después se largó un
chaparrón y como mi paraguas se había trabado, corrimos esquivando las enormes gotas
entre los pedacitos de techo que sobresalían
de los edificios –nunca antes había visto a Sonia correr–. El agua
brotaba de las alcantarillas y comenzaba
a bañar las veredas de Palermo. Nos
metimos en el bar de la esquina. Pidió un café bien cargado y yo un agua sin
gas. Sus labios se oscurecieron con el café, lo saboreaba como si fuese el
último. Me contó que muchas veces no hay visitas y el tiempo no pasa nunca. Me ofrecí a hacerle
la gamba cuando terminara de hacer las fotos. Le dije que lo mío era breve; un
par de disparos y listo, después estaría libre.
–¿En serio?
¡Gracias Tony! –hacía tiempo que nadie me llamaba así–, con ésta lluvia no
va a venir nadie.
–Si, te
mando un mensaje cuando termino y me esperas con unos mates –teníamos la confianza suficiente para
compartir una tarde, las paredes vacías de un departamento, una bombilla.
–Dale.
Sus ojos se cerraban y
supuse que quizás por eso saboreaba el café, el tedio es una anestesia que
conozco. Cuando tengo que esperar mucho en una estación o en un aeropuerto me
compro todos los diarios así no me aburro. Me leo hasta los obituarios. Un
silencio interrumpió la charla. Se puso seria para revelarme algo:
–¿Te
enteraste del caso Ingrid?
–¿Qué?
–Ingrid, la
lectora muerta, trabajaba en la inmobiliaria.
–¿La
lectora muerta?
–Sí, la
chica que hizo la guardia el mes pasado. Ingrid era una lectora compulsiva y
durante las guardias no paraba de leer, pero parece que ese día no había
llevado nada. No descartan ninguna hipótesis, tampoco la de la abstinencia.
La lluvia
fue disminuyendo gradualmente –como si alguien la manejase con una canilla–,
hasta que se instaló una garúa, pagamos la cuenta y encaramos la cuadra y media
que faltaba hasta la agencia. Por un momento me arrepentí de acompañarla. Antes
de entrar me señaló el edificio.
–Es el veintiuno
jota, te espero –pensé que en realidad quería otra cosa. Me intrigaba más el
caso de la lectora que hacerle el aguante a Sonia, un temor se apoderó de mí.
–Sonia, no
puedo creerlo, ¿cómo vamos a ir a…? ¿y la policía?
–No hay
problema, ya se hicieron las pericias y al no haber ningún sospechoso, quedó
como un suicidio. Mi trabajo es vender la propiedad, el tuyo cumplir las
promesas.
La torre era
un rectángulo con celdillas, parecía un encendedor. No conté los pisos pero
tenía más de veinte y seguro todos los amenities –esos lujos que nunca se
usan–. De un lado había una casa medio abandonada y del otro un almacén. En el hall de entrada un tipo de seguridad me
abrió la puerta y amablemente me preguntó: ¿vas al veintiuno jota? Asentí con
la cabeza y atravesé el lobby. En el fondo vi un jardín con una cinta negra que
prohibía el paso, supuse que era donde había caído la lectora. Subí en un
ascensor tan moderno que parecía un quirófano, y un nene, que no me llegaba a
la cintura, no paraba de mirarme. Iba con su padre. Se bajaron en el quince. Me
vi en el espejo; un cuarentón con barba rala y cara de fastidio –siempre cargo un bolso que pesa una tonelada
donde llevo mis equipos–, contrastaba con el acero inoxidable de la cabina. A
medida que ascendía imaginaba las fotos que podría sacar desde el balcón, me
vino un escalofrío. Cuando llegó el ascensor, bajé decidido y caminé por un
pasillo siguiendo la lógica del abecedario hasta el departamento “J”. La puerta
estaba abierta y entré.
Muchas
veces, la mejor foto es aquella que quizás no hemos querido sacar, pero una
fuerza ajena nos hizo disparar. Algo sobrenatural interviene en ese momento. Lo
expresivo de una imagen no solo guarda relación con los colores, el contraste,
la luz, el gesto. Hay algo que está
antes, algo grabado en nuestro álbum interno y que todavía no vimos.
Apoyé mi
bolso y me quedé parado en la recámara de la recepción. Parecía un departamento
grande. Mis ojos recorrieron las paredes del living y el parquet hasta un distribuidor
medio en penumbras, sin embargo pude distinguir que comenzaba un empapelado con
un motivo juvenil. Me resultó llamativo que no hubiesen ventanas –una lamparita
para todo ese ambiente–. Supuse que las ventanas y el balcón estarían en alguna
de las habitaciones. Dije: “Hola, hola, ¿estás?” El eco de mi voz era el típico
que se produce en los ambientes vacíos. Sonia me había dicho ¿Veintiuno jota? Di
unos pasos hasta el pasillo que conectaba a otro ambiente. La puerta estaba
cerrada, pero pude escuchar el sonido débil de una radio. Antes de golpear pensé
en irme. Fui hasta la entrada, abrí el bolso, desenfundé la cámara, le puse el
gran angular y me aposté frente a la puerta preparado para disparar. “Sonia,
Sonia, negra ¿sos vos?” –nunca pensé que
le iba a decir “negra”–. Estiré mi brazo, giré el picaporte y en una acto abrí.
Vi a un hombre robusto tirado en el piso
sobre una lona y un vaho a esmalte sintético penetró en mis fosas nasales.
–¡Mi
piloto! ¡Mi piloto! –Sonia entró al departamento a las corridas –hola Tony, no
sé dónde dejé el piloto.
–¿El señor?
–Es el
pintor, no pienses mal, es de confianza –el cuerpo del hombre roncaba
atravesado y me dificultaba entrar a la cocina, igual entré sin pisarlo y
apagué la radio portátil que estaba sobre
la mesada.
–¿Habrá
quedado en el bar? –tenía la cara pálida– igual paró de llover, lo vamos a
encontrar. Sonia había acompañado abajo a una pareja que vino a ver el piso.
Tenía un saquito de lana gris y una pollera pantalón. Le propuse buscar en los
placares. Mientras revisábamos por todos lados le pregunté por el caso de la
lectora muerta:
–Vos
dijiste que se había tirado por el balcón.
–Si.
–Pero si no
hay ventanas, son muy modernos, pero no hay ventanas.
–Es que las
unidades de éste sector son exclusivas para foto-fóbicos y paranoicos. Por
eso lo que se destaca es la oscuridad.
Las paredes valen oro –se río, no supe si me tomaba el pelo o me estaba
diciendo la verdad–.
–Y
entonces… ¿por dónde se tiró?
–Por la
ventana de emergencia. Es ésa –Sonia señaló una de las paredes del living, igual
a las otras, después presionó un botón y de apoco fue subiendo una cortina
blackout que simulaba una pared. A medida que se elevaba, la luz nos enceguecía
y el cielo despejado me hizo sentir que estábamos en una nave. Los cristales
todavía estaban húmedos.
–Es
increíble cómo avanza la tecnología –primero pensé que aquellos departamentos
eran como el interior de una cámara fotográfica, después dudé de si en realidad,
solo se trataba de un departamento cerrado con cortinas camufladas y nada más.
–Si Tony,
pero Ingrid ya no está.
–Quizás fue
un accidente, ¿que leía?
–De todo,
la angustiaba el encierro y las horas que tenía que pasar acá.
Por un
momento se olvidó del piloto. Desde el veintiuno, la ciudad se veía como una
maqueta, en ese instante me dieron ganas de tirarme.
–¡Pero si
esta vista es descomunal! Seguro que el que vivía aquí tenía un catalejo y
miraba las estrellas.
No me
quise ir sin antes hacer unas tomas de la vista. A la izquierda se extendía la
ciudad chata hasta perderse en el horizonte; más a la derecha, torres y atrás,
el Rio de la Plata; parecía el mediterráneo. Alcé la cámara, hice los ajustes
necesarios, y comencé a disparar. Después Sonia se puso para que la retrate con
la ciudad atrás. Se acercó a la baranda, se soltó el pelo y sonrió.
A eso de
las siete el sol ya había bajado y nos fuimos, antes Sonia y yo cerramos la “pared”
y despertamos al pintor que siguió trabajando con luz artificial. Cuando
salíamos del edificio, sobre el mostrador de la recepción, vi una mancha gris;
–Tu piloto.
–¡Siiiii!
–gracias Tony, ¿que haría sin vos?¡sos un genio!
–Me debés
un paraguas.
A la semana
imprimí las fotos. La imagen de Sonia salió a contraluz, con la sonrisa
oscurecida. Sobre su rostro cae un mechón de pelo que no parece ser de ella.
Como si alguien se hubiese puesto adelante.